"Arena" "Tábula Rasa" "La Edad de Oro" "El final de este estado de cosas, redux"
"Tábula Rasa"
Una puesta en escena de Israel Galván con la voz de Inés Bacán y el piano de Diego Amador.
El abundante catálogo de músicas de todo el mundo que se publican cada año nos ha permitido seguir algunos fenómenos extraños cuya explicación trasciende la mera enumeración musicológica. La melodía que en la función de una nana escuchamos en la voz de una cantante subsahariana, en el entorno del Marruecos mahometano y negro, volvemos a encontrarla convertida en oración fúnebre en la voz de una albanesa musulmana. Esta escucha escalofriante no extraña para los aficionados al flamenco en el que la melodía de esta tonada folklórica se desplaza a menudo por los campos de la soleá o la seguiriya.
Al final de esta actuación, el piano de Diego Amador dibuja una siniestra melodía sobre la portentosa nana que declama Inés Bacán. El baile nervioso de Israel Galván nos trae a la memoria la melodía silbada de "M", la película de Fritz Lang sobre un asesino de niños en los tiempos en que los nacionalsocialistas tomaban el poder en Alemania. En una conversación me decía Bernardo Atxaga que el Sacamantecas empezó a asustar a los niños españoles con la llegada del flamenco y del ferrocarril. “Me acuerdo de Herodes, dice Joselero de Morón antes de hacer una versión en directo de su nana. Sólo la intensa conexión en el trabajo de estos tres artistas ha podido dar lugar en tan pocos minutos a tanta densidad literaria.
TÁBULA RASA comenzó a trabajarse a partir de la idea de Israel Galván de ofrecer al público un ejemplo de su proceso de trabajo, ofrecerle ese momento en el que el bailaor hace "borrón y cuenta nueva" para pasar de un proceso de creación a otro. Literalmente limpiamos todo lo que hay para empezar otra vez desde cero. Pero, ¿era esto posible en una construcción cultural como el flamenco en la que la tradición y el pasado cuenta tanto a la hora de hacer lo nuevo?. Claro que no, por eso, en nuestras conversaciones se iba vislumbrando la metáfora exacta que explicara este momento. Uno baila sobre lo que han ido dejando sus predecesores. No son solamente importantes los mitos del núcleo familiar, las vinculaciones sanguinolentas o el solar patrio a la hora de hablar de tradición, el marco artístico que nos dejan los artistas que han hecho posible la forma flamenco nos condiciona grandemente y es, en ese marco, donde tiene que tener lugar el crimen, la necesaria traición de la tradición.
La idea poética que recorre TÁBULA RASA es la siguiente. Un artista deja su escenario lleno de sus formas, tonos, modos, gestos, aspiraciones, inspiraciones, expiraciones. Sobre esos ecos viene la creación del siguiente. Cuando Diego Amador abandona el escenario después de haber hecho al piano su soleá, su farruca, su seguiriya nadie podrá decir que Inés Bacán va a cantar su soleá, su seguiriya, su martinete, sin acompañamiento, en el vacío. Cuando Israel Galván acomete su solo tampoco está solo. No tiene solo los ecos tímbricos del piano de Diego Amador o de la portentosa sonoridad de Inés Bacán también bailan con él los gestos aéreos de Amador sobre el piano, la rotunda mano de la Bacán aplastando la tierra.
El 23 de febrero de de 1979, Richard Pinhas y Gilles Deleuze conversaban sobre Música y metalurgia alrededor de las modulaciones de Edgar Varèse como el verdadero detonante de todas la revoluciones musicales del siglo XX desde el auge de las músicas populares hasta los experimentos electrónicos de la música concreta. Alguien, de entre el público asistente les habló del flamenco. Así, el piano metálico de Diego Amador que convoca tímbricamente el origen percusivo del instrumento acorralándolo contra las cuerdas. Así, la voz, el tiempo mitológico que arrastra Inés Bacán desafiando las afinaciones melódicas, edad del hierro, como si su oído se encontrara enterrado en la arena. Así, Israel Galván, el martillo sin dueño, que con cada gesto hace resonar un flamenco nuevo, ni antiguo ni moderno.
También tenemos al público. Este sería un espectáculo político si entendemos verdaderamente la palabra como aquello que hace ciudad. La tensión de los espectadores, la responsabilidad de la comunidad. Nadie está solo.
Pedro G. Romero
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